El final de las certezas.
La formación del profesorado
ante la cultura digital
Juan Yanes González y Manuel Area Moreira
Universidad de La Laguna
Publicado en Pixel-Bit. Revista de Educación y Medios, nº
10, 1998
La formación del profesorado en relación a su cualificación
como usuario de las nuevas tecnologías de la información
en las escuelas es un problema no sólo técnico, sino también
político e ideológico. En este artículo se presentan
una serie de principios teóricos que fundamentan y justifican cualquier
plan o programa de formación de docentes en relación a la
educación en el siglo XXI desde una perspectiva crítica del
conocimiento.
Teacher Education and New Informational Technologies have technicals
and ideologicals dimensions. In this article, we offer a theoretical principles
for plans or programs to teachers education in a XXI century from a critical
knowledge perspective.
DESCRIPTORES: Formación del profesorado, nuevas tecnologías
de la información y comunicación, cultura digital, teoría
crítica, curriculum.
Una declaración de intenciones
Ninguna tecnología es neutral. Ninguna propuesta de formación
del profesorado es inocente. Esta sería en síntesis la reflexión
que queremos compartir en las páginas que siguen. Y lo hacemos desde
la conciencia de una cierta fascinación por la irrupción
y las posibilidades que se inauguran con la era de las "nuevas tecnologías"
en la educación. Lo hacemos precisamente, ahora, en medio del final
de las certezas, en el comienzo de un tiempo turbulento. Los saberes,
las disciplinas, los artefactos, todos los objetos culturales que se depositan
en la escuela son hijos de su tiempo y entran empujados por complejas razones.
En ella permanecen un tiempo incierto. Algunos encuentran fácilmente
el camino de salida, pero otros pasan a formar parte del imaginario, de
la arquitectura y de la piel de varias generaciones. En gran medida, entran
y salen de la escuela en la proporción exacta en que entran y salen
de la experiencia del profesorado. El profesorado moldea y acomoda esos
objetos culturales y los convierte en objetos pedagógicos. El ordenador,
Internet y el multimedia son uno de esos recién llegados a los escenarios
escolares y más que la certidumbre de una explicación o una
propuesta elaborada, nos queremos interrogar sobre el sentido que puede
tener la formación del profesorado actualmente en ejercicio en esta
época de espacios y miradas virtuales.
En la literatura pedagógica española en general,
y específicamente didáctica, de estos últimos años,
han ido apareciendo de un modo continuado distintos estudios y trabajos
que han tenido como objeto de reflexión la formación del
profesorado para ser usuario cualificado de las nuevas tecnologías
en la enseñanza. Al respecto puede consultarse, entre otros, los
trabajos de Medina y Domínguez (1989); Bautista (1994); Cabero
y otros (1994); Villar Angulo (1994; 1995); Quintana y Tejeda (1995); Camacho
(1995); Gallego (1994, 1995); Martínez (1995); Medina (1995); Gallego
y Alonso (1997). Estos trabajos, junto con otros de indudable interés
para el tema que nos ocupa, ponen de relieve la imperiosa necesidad de
desarrollar acciones formativas sobre el profesorado como una condición
necesaria para facilitar la generalización del uso de las nuevas
tecnologías en las escuelas. También se sugiere que los planes
de formación deben combinar lo que es un conocimiento tecnológico
del medio (manejo de hardware, dominio del software) con un conocimiento
didáctico de utilización del mismo (organización de
actividades, integración del medio en el proceso de enseñanza,
evaluación de los aprendizajes del alumnado, ...).
El conjunto de los planteamientos formativos del profesorado
que acabamos de citar, parten de un supuesto que dan por sentado: la presencia
de las nuevas tecnologías en los procesos de enseñanza son
un fenómeno inevitable a medio plazo y cuya utilización incrementará
la eficacia de los procesos de aprendizaje del alumnado. En consecuencia
se debe cualificar al profesorado para que sepa extraer todo el potencial
didáctico a dichos medios. Dicho de otro modo, la mayor parte de
los planteamientos realizados hasta la fecha se han elaborado desde una
racionalidad o plataforma conceptual que entiende la mejora y desarrollo
profesional de los docentes como un proceso de cualificación técnica
del profesorado. Esta racionalidad, en consecuencia, persigue el desarrollo
de competencias profesionales del buen profesor usuario de las tecnologías
de la información en el aula.
Desde nuestro punto de vista, que será el que desarrollemos
en este ensayo, la formación del profesorado la entendemos como
parte de un problema de mayor envergadura y más largo alcance. La
formación de los docentes para el uso pedagógico de las nuevas
tecnologías de la cultura digital tiene que vincularse forzosamente
con la discusión de cuestiones relativas a los presupuestos ideológicos
y políticos subyacentes en el cambio educativo que supuestamente
quiere ser promovido con la incorporación de las nuevas tecnologías
a la escolaridad; con la configuración de la cultura que debe transmitir
la escuela en un entorno social en que las tecnologías digitales
de la información están omnipresentes, con el debate sobre
el nuevo papel que debe jugar el profesorado como agente socializador,
con el sentido y utilidad de la presencia pedagógica de las nuevas
tecnologías en las escuelas .
Reflexionar sobre nuevas tecnologías y la formación del
profesorado entendemos que no sólo nos requiere analizar el problema
particular de cualificar a los docentes para que sepan desarrollar la utilización
didáctica de estos medios en el aula. Este sería un planteamiento
reduccionista y simplista de la complejidad cultural que encierran los
fenómenos a los que estamos aludiendo. La formación del profesorado
es uno de los elementos problemáticos del curriculum entendido como
la respuesta cultural de la institución escolar ante la sociedad
del siglo XXI. La identificación de metas, estrategias y contenidos
de formación del profesorado, en este caso, en relación al
uso de las nuevas tecnologías, requiere que previamente se expliciten
una serie de supuestos o principios de base que en definitiva son los que
justificarán y darán sentido a cualquier política
o programa formativo del profesorado. En las páginas que siguen
presentaremos un análisis de las bases ideológicas que deben
fundamentar una política para la formación crítica
del profesorado en los nuevos tiempos de la cultura digital.
Cambiar el discurso dominante
La integración y generalización de las tecnologías
de la información y comunicación en las escuelas puede suponer
un salto cualitativo de tal naturaleza, que puede trastocar la globalidad
de la institución escolar. Si esto es así, si las nuevas
tecnología no son “un medio más”, vuelve a ponerse sobre
el tapete de manera descarnada, no sólo el conjunto de problemas
relacionados con la alfabetización mediática del profesorado
responsable directo su promoción en el contexto escolar, sino la
concepción misma de la función docente y su nuevo papel social
. La cuestión es que la mera introducción de las tecnologías
de la información y la comunicación por sí solas,
y a pesar de lo que digan los apologetas y activistas de la informática
, no transforman, ni mejoran de manera mecánica o milagrosa la educación.
Una de las claves de su éxito está sin duda en el propio
profesorado. No se trataría, como aparece en gran parte de la literatura
al uso, de añadir un “contenido” más a la formación
del profesorado, sino de introducir una nueva perspectiva que redefina
en este final de siglo el viejo oficio de enseñar. La formación
del profesorado no es exclusiva ni principalmente un problema técnico,
sino un problema teórico y político. La utilización
de las nuevas tecologías en la educación implica enfrentarse
a problemas éticos y políticos de primera magnitud. Supone
repensar la profesión docente de manera que se dé solución
al conjunto de problemas con que se enfrenta el profesorado. Supone, por
tanto, un reto teórico y práctico incuestionalble, sobre
el que vamos a esbozar algunos principios generales. Tomando como punto
de referencia la reflexión que J. Martínez Bonafé
(1995) realiza en relación al profesorado del tercer milenio estructuraremos
nuestro análisis en torno a cuatro ejes o principios
Pensar el propio pensamiento. Crítica
de la racionalidad técnica
La imagen tópica del profesorado del tercer milenio que se publicita
en muchos foros, es la de un magnífico navegante en Internet, poseedor
de todoas las pericias del ciberespacio, inscritas en el retablo de las
maravillas del paraiso teconológico. Este estereotipo pone al desnudo
las limitaciones de la concepción instumental latente en los modelos
de formación hegemónicos. De esta forma las nuevas tecnologías
devienen en una parcela más de expansión de la racionalidad
técnica, como forma de conocimiento, de actuación en la práctica
y configura modelos de acción profesional y de formación
del profesorado. Modelos que elevan a categoría absoluta el mito
de la ciencia y la tecnología y su progreso ilimitado. Pero hace
décadas que esta visión de la ciencia ha entrado en crisis.
Edgar Morin (1981), por ejemplo, calificaba el enorme progreso del conocimiento
científico como paradógico, unidireccional y reductor, y
su crecimiento como un factor que aumenta la incertidumbre y no la certeza,
en una especie de “nueva conciencia de la ignorancia”. La invisibilidad
del paradigma es la que permite su vigencia. Para nosotros, una orientación
de la formación del profesorado de carárter crítico
es quizá la única perspectiva que puede evitar que el profesorado
se convierta en aprendiz de brujo. Decía el recientemente fallecido
maestro Paulo Freire:
La escuela jamás debería imponer certezas absolutas. [...]
Debería desafiar a los estudiantes a discurrir acerca de la realidad.
Jamás deberían negar la importancia de la tecnología,
pero no deberían reducir el aprendizaje a una comprensión
tecnológica de la realidad. Al respecto podemos pensar en dos posturas
que resultan falsas. La primera consistiría en simplificar o negar
la importancia de la tecnología, asociando todos los procesos tecnológicos
a un proceso de deshumanización paralelo. Lo cierto es que la tecnología
es un ejemplo de la creatividad humana, una expresión del riesgo
necesario. [...] Los educadores deberían asumir una posición
científica que no sea cientifista, y una posición tecnológica
que no sea tecnologista. (Freire y Macedo, 1989: 73)
Superar la capacidad de seducción irreflexiva de las tecnología
de la información y la comunicación y vencer, por otra parte,
el rechazo acrítico que muestra un sector escasamente socializado
en ellas, debería constituir uno de los ejes de cualquier política
destinada a la generalización de su uso en la escuela. Pero esto
es insuficiente. Uno de los problemas básicos de la formación
radica en la incomprensión de la latencia de la razón instrumental
que se filtra por la totalidad de los poros del edificio escolar, de la
formación inicial del profesorado que en ellas trabaja y de las
opciones más usuales de desarrollo profesional. Todas las mitologías
tecnológicas remiten irremisiblemente a este supuesto .
Esta concepción epistemológica de la práctica como
racionalidad técnica o instumental se ha desarrollado a lo largo
de todo este siglo y, en particular en los últimos treinta años,
la mayor parte de la investigación, la práctica y la formación
del profesional en el ámbito educativo. La concepción de
la enseñanza como intervención tecnológica, la investigación
sobre la enseñanza dentro del paradigma proceso-producto, al concepción
del profesor como técnico y la formación del docente dentro
del modelo de entrenamiento basado en las competencias son elocuentes indicadores
de la amplitud temporal y espacial del modelo de racionalidad técnica.
(A.I. Pérez Gómez, 1988: 130)
La jerarquía de conocimientos en la formación inicial
del profesorado de primaria y secundaria; la asignación de un papel
meramente técnico al profesorado y a los centros, en el que el desarrollo
de medios está separado de los fines a los que sirven; la
supeditación de la práctica a las prescripciones externas
a la misma; la reciente y multitudinaria invasión de expertos y
especialistas; la fragmentación del conocimiento en asignaturas...
son obstáculos para una regeneración de la educación.
Convertir este principio de crítica a la racionalidad técnica
en motor de una nueva concepción de la formación es una tarea
ineludible que debería impregnar todos los ámbitos de la
educación. De igual forma el desarrollo de estrategias coherentes
con este principio, no sólo supondrá la impugnación
de gran parte de las formas de actuación del profesorado, sino de
las políticas que la inspiran. La introducción de las nuevas
tecnologías de la información en un contexto de racionalidad
instrumental, las convertirá en instrumentos de alienación
y no en un instrumento de liberación y emancipación humana
del profesorado y del alumnado.
La materia fundamental de la que debe alimentarse la formación
del profesorado es el desarrollo crítico de su propia práctica.
La formación, para que no sea otorgada, ni asumida como algo extrínseco,
como un don o un regalo, debe necesariamente que coincidir con el ejercicio
profesional. En esta línea sería necesario desarrollar todos
aquellos proyectos que enfatizaran la construcción de conocimiento
por parte del profesorado. Todos aquellos proyectos que, de manera arriesgada,
apostaran por su autonomía y que contribuyeran a cortar la cadena
de dependencias y prescripciones que no estimulen su desarrollo profesional
autónomo.
Redes y flujos culturales. Superar la fragmentación
El profesorado y la escuela, situados en el extrarradio de los intereses
económicos y políticos de un mundo globalizado, cumplirá
una función necesariamente marginal en la economía política
del conocimiento (Hargreaves, 1996; Castells, 1994). De ahí la necesidad
de cambiar desde el interior del propio proyecto modernista de escuela,
la concepción fragmentaria, compartimentada y depauperada del conocimiento
y reivindicar el currículum como un proyecto de cultura socialmente
necesaria ( J. Gimeno, 1988; D. Ashenden, J. Blackburn, B. Hannan
y D. White, 1989;A.I. Pérez Gómez, 1992; J. Martínez
Bonafé, 1995). Esta reorientación es capital, si -como intentamos
aquí- reivindicamos la función social de la escolaridad desde
una posición crítica. Esta situación convierte al
profesorado en un trabajador cultural, como insinuaba José Gimeno
Sacristán, con palabras senciallas y con una punta de ironía,
para volver a rescatar el sentido común y los problemas por encima
de las modas:
Que sus alumnos y alumnas lean mucho; que aproveche los muy abundantes
libros y materiales audiovisuales que existen en el mercado cultural, no
limitándose a los libros de texto; que invierta más tiempo
en enseñar que en evaluar y corregir controles; que luche por unas
relaciones humanas en las aulas; que se organicen en los centros para criticar
su experiencia cotidiana; que cree bibliotecas escolares; que piense en
lo que hace; que reclame una formación digna, que se organicen profesionalmente;
que vea los efectos sociales de su práctica; que lea lo que pueda
acerca de lo que otros profesores hacen en otros lugares y lo que de bueno
se ha dicho y se dice sobre la educación; que lea literatura y vea
buen cine. (J. Gimeno Sacristán, 1994: 84)
Sin un proyecto cultural emancipador la escuela se verá
relegada a una labor de segundo orden tratando de hacer una imposible competencia
a las poderosas tecnologías de la información. Un proyecto
cultural ha de cumplir la doble función de de ser, por un lado una
estructura de interpretación de los fenómenos sociales y
del conocimiento disperso y fragmentado, contribuyendo a la interpretación
global del conjunto de saberes y experiencias sociales. Por otro, el de
constituir un instumento para la acción cultural y política
de la propia escuela. Si vamos hacia una sociedad en la que el poder
se va a estructurar sobre el control del conocimiento y la información,
habría que crear nuevos centros de contrapoder, redes de cultura
que actuado localmente responda a un proyecto que trate de extender el
conocimiento, en una sociedad más justa e igualitaria.
Nuevamente, la formación del profesorado aparece como
un factor necesario en la consecución de esta utopía en donde
la nuevas tecnologías no sólo pueden proporcionarnos el soporte
virtual de nuevos proyectos culturales, sino ser la metafora misma de la
respuesta global. Este proyecto cultural supone la posibilidad de hacer
frente a la complejidad de los problemas con que se enfrenta la educación.
Nace del rechazo a la artificiosa y fragmentaria organización del
conocimiento que se imparte en la escuela y de su falta de relevancia.
Este es, sin duda, el nudo gordiano del problema al que nos enfrentamos:
el profesorado debe tener la oportunidad de construir su identidad profesional
en el seno de proyectos culturales de esta naturaleza, lo que implica la
posibilidad de socializarse críticamente en contacto con ellas en
el propio seno de las instituciones responsables de su formación
inicial y permanente.
Debemos tener el coraje de plantear la necesidad de la transformación
de los planes de estudio de formación inicial del profesorado y
de las instituciones responsables de la formación permanente, a
fuer de parecer ingenuos. Aquí subyace un problema estructural de
difícil solución, como señala en otro escrito el profesor
A. Pérez Gómez (1990). En él denun-cia la dispara-ta-da
segre-ga-ción institu-cional de ámbitos relacionados con
la educa-ción y la mejora del sistema educati-vo como son la formación
del profesorado y la renovación o innovación pedagógica:
“Ya es hora de integrar los programas de formación inicial,
investigación educativa, innovación curricu-lar y perfeccionamiento
del profesor en proyectos convergentes. ¿Quién puede comprender
el espectáculo de la disociación y aislamiento actual? Una
escuela de Magisterio que nada tiene que ver con la investigación
educativa ni con la innovación curricular, ni con el perfecciona-miento
del profesorado. Unas secciones de Pedagogía en las Facultades que
para nada se rela-cionan ni con la formación ni con la innovación,
ni con el perfeccionamiento. Unos Institutos de Ciencias de la Educación
en declive, cumpliendo con variopintas y autodefinidas funciones. Unos
CEP trabajando en la innovación curricular y perfeccionamiento del
profesorado que demandan, frecuentemente sin éxito, el apoyo del
resto de la instituciones, En fin, una Admi-nistración provincial,
regional-nacional y estatal, que promueve programas paralelos de investiga-ción,
innovación curricular y perfeccionamiento del profesorado” (p. 87).
Remover esta situación es no sólo enfrentarse a
poderosísimas inercias institucionales, al arraiga-do y secular
corporativismo, sino que supone una batalla política que nadie parece
estar dispues-to a-ban-de-rar. La creación de redes y flujos culturales
alternativos supondrá para la formación del profesorado una
transformación no sólo de su tejido y de los contenidos de
la formación, sino, además, una compresión distinta
de su función social.
Democracia como participación
Otro de los principios que debe impregnar la formación del profesorado
en este tiempo marcado por la omnímoda presencia de las nuevos tecnologías
hace referencia a un valor conflictivo, a la tensión democrática.
Democracia y educación encarnan un binomio de larga tradición.
Desde el ideal deweyano de democracia como una aspiración moral
en el que las escuelas debían ser espacios y formas de vida genuinamente
democráticos, hasta el revisionismo de sus presupuestos por la nueva
derecha para hacer acopio de argumentos y buscar cierta cobertura ideológica,
hay un dilatado proceso de reflexión sobre su significado e implicaciones.
Nos interesa sobre todo subrayar la ecuación de quienes asimilan
una concepción crítica de la educación con la creación
de sociedades democráticas en sentido radical, como por ejemplo
W.Carr (1990: 159) que define la democracia como la finalidad sustancial
de la educación como forma distintiva de vida social.
Resulta ilustrativo a estas alturas volver la mirada sobre la propuesta
de Kenneth Zeichner (1983), hecha hace más de tres lustros, y comprobar
que los modos de clasificación de los modelos de formación
del profesorado se diseccionan sobre dos ejes que hacen referencia a la
tensión democrática . En el primero de los ejes, que se refiere
al curriculum de formación del profesorado, la tesión se
establece en la forma de aceptación del curriculum. En un extremo
estaría el curriculum que es impuesto a los futuros profesores o
a los profesores en servicio y que es recibido por ellos aceptando el contenido
de los programas formativos. No hay posibilidades de participación
ni de negociación. En el otro extremo estarían los modelos
de formación en los que no se predetermina el curriculum, sino que
se basan en las necesidades de los alumnos, en su capacidad de negociación,
de participación y en su capacidad de llegar a acuerdos. El otro
eje se refiere al papel de las instituciones sociales (escuela, sistema
educativo, sistema social), a la actitud y visión que se transmite
durante la formación y si se deben promover acciones para cambiarlas
o no. De tal forma que en un extremo se situarían aquellos modelos
de formación que presentan la escuela, el sistema educativo y el
propio sistema social como estructuras inamovibles destinadas a la continuidad,
o por el contrario se transmite la idea de que tanto la escuela, como el
sistema social pueden ser objeto de cambio y transformación.
Dentro de estos dos ejes se sitúan los cuatro paradigmas estudiados
que mencionamos en la nota anterior. K. Zeichner entiende también
que cualquier plan de formación conlleva necesariamente una orientación
ideológica.
"Toda formación del profesorado es una forma de ideología.
Cada programa se refiere a la ideología educativa mantenida por
un particular formador de profesores o intitución de formación
de profesorado. No hay nada libre de valor en formación del profesorado
así como no hay nada libre de valor en la educación de los
niños" (K. Zeichner, 1983).
La propuesta de este autor norteamericano, representante de la corriente
crítica en el campo de de la formación del profesorado,
no es más que un ejemplo radical de comprensión de la formación
del profesorado como un impulso moral democrático . El déficit
democrático - democracia entendida como ética de la participación,
como impulso y compromiso moral por la transformación individual
y colectiva-, en toda la estructura de formación del profesorado
es notorio. Evidentemente el grado de democracia participativa, no se puede
medir con un sí o un no, más bien se asemeja a un continuo
y se distribuye de forma desigual a lo largo de nuestra sociedad y del
sistema educativo. Pero lo que parece evidente es que sin el arraigo de
profundas convicciones democráticas del profesorado entraremos en
un nuevo siglo de profundas diferencias, marcadas entre otros aspecto,
por una participación desigual y antidemocrática en el reino
de las nuevas tecnologías.
Esto último nos pone en relación con el político
de los efectos sociales de las nuevas tecnologías. Uno de sus efectos
sociales perversos es que las nuevas tecnologías de la información
hoy por hoy son un motivo de exclusión sociocultural. Su aparición
y omnipresencia no representan un acicate para la democratización
del conocimiento y para el igualitarismo de oportunidades como nos quieren
hacer creer los gurús del mundo digital. Son, por el contrario,
una nuevo factor a añadir a las desigualdades ya existentes
. Una concepción crítica de la formación del
profesorado es aquella que inicita y abre las conciencias del profesorado
sobre los factores que alienan a la ciudadanía y excluyen a ciertos
grupos sociales provomiendo cómo actuar desde la escuela desde una
perspectiva emancipatoria. La educación institucional es la llave
de acceso a la cultura hegemónica y a los beneficios asociados
a la misma en una sociedad desigual y competitiva, donde se práctica
ferozmente el darwinismo social, el darwinismo cultural y el darwinismo
escolar. La institución escolar, en este sentido, tendría
que cumplir una función social compensadora de las desigualdades
de acceso a la tecnología y esta es una responsabilidad del profesorado.
Reconocernos como sujeto colectivo. Compartir
el conocimiento
Finalmente, el cuarto principio que nos parece relevante en cualquier
proyecto de formación, es la dimensión social y comunitaria.
Si el nuevo orden tecnológico está ya permitiendo la aparición
y el crecimiento de tejidos sociales, creando un planeta interconexionado,
parece lógico volver a insistir, una vez más, en este viejo
principio de buena pedagogía. Las redes tecnológicas de comunicación
permiten hoy intercambiar información, debatir, planificar, tomar
decisiones de manera mancomunada, pasar a la acción, coordinar esfuerzos,
ilusiones, perspectivas e y resultados. Nos permite acceder a un nuevo
concepto de aldea global y de la base organizativa sobre la que se sustancia.
Reconocerse como sujeto colectivo significa asumir y compartir
la conciencia de ciudadanía. Este concepto es a todas luces una
expresión política que encierra, lógicamente, un imaginario
de creencias, supuestos e ilusiones de la sociedad en la que queremos vivir.
La construcción de la conciencia colectiva de los docentes es un
recorrido que difícilmente puede abordarse desde la soledad de las
aulas. Precisa de la experiencia compartida, del intercambio y apoyo entre
unos docentes y otros. Reclamar que la formación del profesorado
debe ser un proceso colaborativo, una trayectoria socializada todavía
sigue siendo una reivindicación necesaria en estos tiempos de feroz
individualismo.
Los enfoques y modelos de formación al uso siempre han
planteado el reciclaje profesional y la innovación pedagógica
como un fenómeno que debe ser vivenciado por cada profesor individual.
Esta concepción formativa es coherente con el paisaje comunitario
existente en la mayor parte de las escuelas. Los centros educativos se
asemejan más a un bloque de apartamentos individuales y aislados
que a una casa común. Describir las relaciones de trabajo entre
los profesores de un mismo centro como un proceso de balcanización
o de “reino de taifas” es una de las metáforas más acertadas
de los últimos tiempos (véase al respecto Fullan, 1994; Hargreaves,
1996). Una política que apueste por una formación crítica
del profesorado tiene que tener en sus metas la superación de esta
cultura del individualismo.
Con ello, lo que estamos sugiriendo es que la formación
para el uso de las nuevas tecnologías tiene que contemplar la dimensión
social del aprendizaje docente. Seguir planificando y desarrollando planes
y acciones formativas que tomen como unidad al docente individual es consolidar
todavía más una realidad que poco aporta a la mejora
y transformación de la educación como práctica emancipadora.
Navegando en aguas turbulentas
Para finalizar quisiéramos detenernos en una última
reflexión. Las nuevas tecnologías, nos guste o no, representan
una nueva forma de “estar” en el mundo. Ellas, en cuanto soportes materiales,
mediatizan -con todas las implicaciones que este concepto supone- el intercambio
de información y comunicación configurando de este modo una
determinada forma de socialización cultural. Las tecnologías
de la información son “otra cultura” en relación a las culturas
ya existentes en nuestra sociedad. En este sentido, en la actualidad estamos
asistiendo a la turbulencia del choque cultural que las mismas provocan
entre las generaciones de adultos y la de los jóvenes.
El profesorado pertenece a un grupo social, que por su edad,
fue alfabetizado culturalmente en la tecnología y formas culturales
impresas. La palabra escrita, el pensamiento académicamente textualizado,
el olor a imprenta, la biblioteca como escenografía sublimada del
saber han sido, y siguen siendo, para una inmensa mayoría de los
docentes el único hábitat natural de la cultura y del conocimiento.
La brusca aparición, en el último lustro, de las tecnologías
digitales representan para esta generación una ruptura con
sus raíces culturales. Gran parte del profesorado no tiene experiencia
de interacción con las máquinas. El almacenamiento y organización
hipertextual de la información, la representación multimediada
de la misma son códigos y formas culturales desconocidas para la
actual generación de docentes. Ante esta situación las reacciones
suelen oscilar entre el rechazo o tecnofobia hciaa las máquinas
y la fascinación irreflexiva de estas formas de magia intelectual.
La formación del profesorado en la nuevas tecnologías,
a diferencia de otros contenidos o problemas formativos, tiene un “valor
añadido”: el de la experiencia como usuario cotidiano de las
tecnologías de la información. Es improbable que un docente
enseñe a desenvolverse inteligentemente a través de la cultura
virtual (sea en CD-ROM, sea en el Web, en el IRC, ...) si previamente este
docente no es un ciudadano experimentado y autosuficiente en moverse a
través de la cultura de las redes. Uno de los retos más acuciantes
e inminentes de la formación del profesorado del siglo que viene
consiste precisamente en esto: en que aprendan a sumergirse, a navegar
de un modo reflexivo, inteligente y no alienado por las aguas inciertas
y exóticas del océano ciberespacial.
Por esta razón, entre las otras que ya apuntamos, un plan
o política de formación del profesorado en nuevas tecnbologías
que abandone u obscurezca los aspectos ideológicos y políticos
de la Red, o que mitifique los contenidos de la misma, centrandose en sus
dimensiones puramente instumentales tenderá a ser una formación
deficitaria. La orientación de las políticas educativas destinadas
a convertir al profesorado en meros usuarios didácticos cuya función
sea la gestión curricular de estos medios en el aula son políticas
que alienan profesionalmente al profesorado.
Es hora de acabar. Lo que hemos querido transmitir al plantearnos
y reflexionar sobre la formación del profesorado con respecto a
las nuevas tecnologías ha sido dialogar con los problemas globales
de la educación en el tercer milenio. No nos hemos enfrentado a
este problema desde una perspectiva microanalítica de la formación.
Y sobre este particular tipo de análisis de la formación
docente en nuevas tecnologías, como ya hemos apuntado, existe suficiente
bibliografía en español. El reto, conscientemente provocador,
ha sido esbozar las bases de un discurso político e ideológico
sobre el profesorado, su formación y las nuevas tecnologías
digitales en estos tiempos del final de las certezas.
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