Página preparada por:
Francisco Diez de Velasco
Catedrático de Universidad. Historia de las Religiones.
Facultad de Geografía e Historia
Universidad de La Laguna
Campus de Guajara
E- 38205 La Laguna
Tenerife, Islas Canarias. España
e-mail: fradive@ull.es
pagina web personal: http://webpages.ull.es/users/fradive
curriculum vitae completo: http://webpages.ull.es/users/fradive/cvvelasco.htm
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Página web del Congreso:
http://www.pucp.edu.pe/eventos/congresos/
El simposio busca plantear una puesta en común de estudios de
diferentes zonas de Iberoamérica (entendiendo tanto los ámbitos
americanos como ibéricos) para profundizar en una reflexión
común sobre los retos y perspectivas que plantea este tema.
El análisis de la multirreligiosidad requiere una reflexión
sobre los datos estadísticos (y en general de socio-geografía
de las religiones) en la zona que se estudia (el ámbito iberoamericano)
para calibrar la importancia del fenómeno y su dinámica.
El simposio busca plantear una puesta en común de estudios de diferentes
zonas de Iberoamérica para profundizar en una reflexión común
sobre los retos y perspectivas que plantea este problema.
Aunque la diversidad religiosa es un hecho bien definido y estudiado
a lo largo de la historia, el concepto multirreligiosidad, en una de sus
posibles definiciones, actuaría como un correlato en lo relativo
al mundo de las religiones de lo que es multiculturalidad en el de las
culturas. No trataría tanto la diversidad religiosa en general (el
carácter diverso de las religiones del mundo, aunque no tengan importantes
interrelaciones) sino la combinación de esa diversidad en un ámbito
específico. El análisis de la multirreligiosidad requiere
una reflexión sobre los datos estadísticos (y en general
de socio-geografía de las religiones) en la zona que se estudie
para calibrar la importancia del fenómeno y su dinámica.
Las claves del enorme desarrollo de la multirreligiosidad son la inmigración,
la conversión y la tradición. Se trata de un fenómeno
definitorio del mundo actual que plantea notables retos y cuyo estudio
plantea problemas de carácter teórico y metodológico
(el impacto del religiocentrismo) de los que hay que tomar conciencia.
"La modernidad puso las bases para el surgimiento de la multiculturalidad
de tendencias igualitarias. Construyó un marco legal que en teoría
minimizaba (o progresivamente ha ido minimizando) la discriminación
del culturalmente diferente y multiplicó las interconexiones a nivel
global entre territorios muy diferentes (aunque éstas fueran desiguales,
basadas en el sometimiento de gran parte del mundo a las potencias coloniales
-que no solían tolerar en la periferia lo que las constituciones
amparaban en las metrópolis-).
La multiculturalidad en el mundo actual, en el que se ha multiplicado
desde el final de la guerra fría una globalización a la que
no se pueden sustraer más que muy pocos territorios, es un fenómeno
imparable. Hay campos en los que el mestizaje cultural resulta particularmente
evidente: la literatura, la música, los medios de comunicación,
el arte en general y también la religión.
La diversidad de opciones y el marco general de libertad religiosa
y desvinculación del estado de opciones confesionales (instaurado
desde la modernidad) propician que a nivel global se esté multiplicando
el fenómeno de la multirreligiosidad, la conformación de
sociedades en las que cada vez existe una menor homogeneidad religiosa
y en las que la diversidad se convierte en una característica definitoria
o cuando menos en tendencia acusada. Esta ha sido la opción que
caracterizó a los Estados Unidos desde sus orígenes como
nación, una libertad de creencias estimada como regla principal
en el modelo de convivencia que ha llevado a que los fenómenos de
discriminación religiosa se minimicen y quepa la posibilidad de
que florezca una enorme diversidad de opciones tanto de carácter
tradicional (las grandes religiones en todas sus posibles variantes, más
religiones tribales de muy diversa índole), como de carácter
nuevo. Estados Unidos, junto con Japón son las patrias de la gran
mayoría de las nuevas religiones, que presentan en muchos casos
idearios adaptados a las características del mundo moderno y tienen
en cuenta el peso del individualismo, las tendencias al sincretismo o la
preeminencia otorgada a las interpretaciones científicas. De esta
adaptación al mundo actual nace la fuerza de su impacto y su crecimiento
muy notables; en ocasiones empleando técnicas proselitistas que
buscan las conversiones con muy modernos criterios que se calcan de las
estrategias empresariales de expansión de mercados que desarrollan
las corporaciones multinacionales. La multirreligiosidad tiene en Estados
Unidos no solo un modelo, sino también un defensor comprometido
(como muestran los informes anuales del Departamento de Estado relativos
a la libertad religiosa en el mundo); desde el final de la guerra fría
y la disolución del bloque comunista (y del contramodelo ideológico
que defendía en el que la religión no tenía cabida),
esta tendencia no tiene rival y las grandes ciudades a lo largo de todo
el globo (si exceptuamos los países islámicos) tienden progresivamente
a parecerse a las ciudades norteamericanas donde conviven iglesias en múltiples
variedades, centros de oración, meditación, sinagogas y otras
muchas opciones configurando un mosaico variopinto acorde con el caracter
multicultural hacia el que tienden las metrópolis mundiales.
Esta multirreligiosidad, de todos modos, para ser comprendida de forma
correcta, requiere una mirada que abarque no solamente el presente, sino
también el pasado. La sociedad española, por razones muy
particulares que tienen que ver con las consecuencias del emblemático
(y fatídico) 1492, ha sido durante siglos homogéneamente
católica, y la tendencia hacia la diversidad que tuvo avances durante
buena parte del siglo XIX y los primeros decenios del XX se truncó
del modo más radical con la implantación de esa destilación
ideológica antimoderna que fue el nacionalcatolicismo. Pero antes
de finales del siglo XV, la característica principal que definió
la Península Ibérica en los diversos nombres que se le adjudicaron
(de Iberia a Hispania y de Sefarad a Al-Andalus para desembocar en España
y Portugal) fue la multiculturalidad con su correlato de multirreligiosidad
(aunque no exenta de conflictos). El empeño homogeneizador radical
de los Reyes Católicos sin ser único, es una extraña
excrecencia en el árbol de las religiones, que distorsiona en alguna
medida todavía nuestra percepción de la diversidad religiosa
en tanto que españoles y que arrasó (dentro de los límites
que los medios de cada momento permitieron) en los territorios sometidos
a la corona española, los vestigios de otras formas religiosas.
Pero la gran mayoría de las sociedades humanas han sido multirreligiosas
desde épocas inmemoriales, y el caso de la India o China son ejemplares.
Quizá lo que caracteriza nuestro momento histórico encardinado
en un mundo global es que las posibilidades de elección son tan
numerosas como las religiones existentes a nivel mundial o incluso más
allá, desbordando hacia ese infinito universo de posibilidades formado
por cualquiera de la susceptibles de ser ideadas por la imaginación
del ser humano, al amparo de la seña de identidad del mundo moderno
que es la libertad religiosa.
La multirreligiosidad resulta por tanto la tendencia principal en nuestro
mundo global, salvo en zonas muy determinadas, como en ciertos países
islámicos, en los que, por otra parte hay que tener en cuenta que
lo que se impide es la penetración de religiones nuevas, pero en
ellos subsisten, desde tiempos muy remotos otras religiones, en particular
las del libro.
En el desarrollo de la multirreligiosidad resultan ingredientes principales
la inmigración y la conversión, que pasaremos a revisar de
modo sintético.
Característica de nuestro mundo finimilenar es la multiplicación
de los movimientos migratorios en todas las direcciones, que son un factor
básico de multiculturalidad; pero además los inmigrantes,
al amparo de la libertad religiosa (como por otra parte ocurrió
en Estados Unidos desde hace siglos), si lo desean no tienen (o no debieran
tener) que renunciar a su religión de origen en sus nuevas patrias
de adopción. El extraordinario crecimiento del islam en Alemania
(ronda los 2 millones, mayoritariamente turcos) o Francia (supera los 3
millones, mayoritariamente magrebíes) es resultado de la inmigración
lo mismo que el mosaico religioso del Reino Unido, donde a algo menos de
un millón de musulmanes (mayoritariamente paquistaníes) se
añaden casi medio millón de hinduístas y un cuarto
de millón de sijs punjabíes, cumplida muestra de lo que fue
su imperio en la India. En España los musulmanes rondan el medio
millón, una cifra en crecimiento que tiende a aproximarse en porcentaje
a lo que ocurre en el Reino Unido o Italia (donde hay 700.000 musulmanes).
El fenómeno migratorio no es privativo de los ámbitos europeos
y explica en gran medida el crecimiento del catolicismo en Estados Unidos
(por el aporte de poblaciones centro y sudamericanas), pero también
el aumento del sincretismo chino en lugares en los que hay un flujo migratorio
importante como en Singapur o Malasia. Una inmigración de causas
político-religiosas es la que han protagonizado los tibetanos tras
la ocupación china; está determinando el restablecimiento
del budismo en el norte de la India, patria originaria de esta religión
y la diseminación por todo el mundo occidental de monjes tibetanos
que fundan centros de meditación y monasterios.
El otro factor que determina el crecimiento de la multirreligiosidad
es la conversión. A escala global, el fenómeno de conversión
más notable por el volumen de población implicada se presenta
como una curiosa contrapartida a la catolización de Estados Unidos:
es el paso del catolicismo a diversos cristianismos evangélicos
(e independientes) que se lleva produciendo en Centro y Sudamérica
desde hace cuatro décadas, pero que se ha multiplicado en el último
decenio.
Importante también es el fenómeno de la conversión
desde opciones cristianas convencionales a cristianismos independientes
con unas estructuras de culto más participativas y menos jerárquicas,
más adaptadas a la idiosincrasia de cada comunidad, o en general
desde las opciones más arraigadas (sean cuales fueran) hacia opciones
diferentes que presenten caracteres nuevos. Destaca en particular, en lo
que al cristianismo africano se refiere, el auge del pentecostalismo, el
bautismo, o las Iglesias nativas, así como el impacto de cristianismos
independientes de proselitismo agresivo originarios de Estados Unidos como
los Testigos de Jehová o la Iglesia de los Santos de los Últimos
Días (mormones) a nivel mundial.
Aunque puedan llegar a tener un impacto mediático importante
y una notoriedad destacada, por el radical cambio en las costumbres, las
reglas de convivialidad o incluso en los modos de vestir que conllevan,
los fenómenos de conversión a religiones orientales resultan
menos importantes a nivel global. El número de budistas o hinduístas
fuera de los países asiáticos y que no provengan de inmigración
son muy pocos, a pesar de la popularidad de algunos conversos. Diferente
es el caso de la aceptación de técnicas de estas religiones,
por ejemplo yóguicas o de meditación, que se hace mayoritariamente
sin conllevar una conversión (más en la línea del
diseño de una religión de caracter personal).
La conversión, la inmigración, la individualización
que atomiza las creencias están, por tanto, determinando la transformación
paulatina del mundo en un mosaico multirreligioso en el que este fenómeno
es a la vez reto y perspectiva. Perspectiva en cuanto aparece como una
clara tendencia de futuro, reto en cuanto puede generar y está generando
conflictos y enfrentamientos sobre los que, resulta necesario enfocar la
reflexión."